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Archive: November 2007

El viaje de Guibar (historía persa del pánico) pt. 2

capitancriterio 27/11/2007 @ 11:21

la muchedumbre empujó a guibar hasta situarlo a los pies del verdugo.

- Beodul de agsana- exclamó el verdugo-, se te juzga hoy por el crimen de dormir mirando hacia el este. Dictan las leyes que tu cabeza no sea parte de tu cuerpo nunca mas a no ser que pudieras unirla por tus propios medios sin ayuda de magos o...- Un campesino un tanto avergonzado se acercó interrumpiendo al verdugo, el cual giró violentamente hacia el.
-¡qué!- exclamo.
- oh magnánimo- dijo temeroso el campesino-, me temo que estás juzgando a la persona equivocada.
tras decir esto el campesino le alcanzó al verdugo las señas de Guibar.
- ¿Guibar?... ¿y donde está ese engendro del mal llamado Beodul?
- ya le has cortado la cabeza magnanimo- luego de decir esto el campesino señaló a una de las cabezas rodeada de moscas que adornaba el montón.
- ya veo... aun así no deberías atreverte a interrumpirme campesino sucio e indigno.
- ¡perdona magnánimo verdugo!- dijo postrándose ante el- ¡temía que juzgaras con ligereza la acción de este confundiendola con la de aquel!
- ya veo... ¿que ha hecho este?
- Ha afirmado publicamente que Gador, el medico de la corte, se equivocaba juzgando a Menfis nido de leprosos.
- ¡oh fiel campesino! ¡cuan juiciosa ha sido tu interrupción! el cielo no hubiéseme perdonado juzgar tal alevosía del mismo modo que la de aquel llamado Beodul.
mientras el campesino se entregaba a estas súplicas por una justicia mas certera, Guibar relegado al olvido momentáneo observaba la corta hoz de mano que colgaba del cinto del campesino y con tanta habilidad como culpa la tomo ligero y la ocultó contra su brazo.

- ¡Guibar, eres tu el mas impío de los pecadores! la pena que se te aplica es la máxima. Tu cabeza sera separada de tu cuerpo sin chance de que mago u angel pueda volver a unirla.
la muchedumbre rugió y guibar templó su espiritu, ahora su mente estaba tan fría como el agua de la luna.
-les pido sí, que observen por un segundo el monte de los sueños- dijo Guibar cuando la multitud se hubo calmado- y me digan si no está prendido fuego, señal que me absolvería por completo.
El monte de los sueños estaba a las espaldas de los espectadores. No había ley alguna que señalara a aquel monte incendiándose como señal de perdón pero aun así la multitud giró al unísono sus cabezas imbuidas en el respeto a aquel monte sagrado.
Un segundo después nadie observaba a Guibar o al verdugo que tampoco observo como su prisionero con dos veloces estocadas hizo penetrar la hoz que escondía a travez de su axila izquierda hasta tocar dos veces su corazon dándole muerte.
Cuando la multitud se volvió lo único que encontró fue al verdugo caido y la figura de un hombre galopando ya lejos.
- ¡Zoroastro no ha querido la muerte de Guibar!- exclamó uno de la muchedumbre-, ¡es justo que pague entonces aquel que lo ha traido!
entonces la muchedumbre le cortó los testiculos al vecino de Guibar y violó a sus hijos.
todos eran felices menos Guibar que cabalgaba firme pero sin la menor idea de hacia donde ir.

Luego de una hora, necesitando serenar su mente, Guibar divisó una cueva y decidió descansar oculto en ese lugar.
Cuando entró en ella oyó los gritos de socorro de una mujer. Con la hoz en su mano se adentró hacia la obscuridad guiado por los gritos.

El viaje de Guibar (historía persa del pánico) parte 1.

capitancriterio 06/11/2007 @ 19:14

La siguiente dedicatoria se encuentra a modo de prólogo en los folios que contienen el relato de el viaje de guibar.
Tanto el prólogo como el relato están escritos a mano y ambas caligrafías distan inmensamente de pertenecer a una misma persona. La dedicatoria se le atribuye a un tal Deboresto, supuesto filántropo de las artes de la Constantinopla de mediados del 400.
Aparentemente por el trato y la fecha, esta dedicatoria estaba destinada a Teodosio segundo, aquel que reinaba por esas fechas.
Sin embargo el autor de la obra sigue siendo desconocido y sin lugar a dudas murió pobre o triste o las dos.

"Espejo de la nobleza, parámetro de la justicia y sinónimo del sano juicio, a usted me dirijo desde la insolente posición de considerar algo digno de ser leido por su majestuosa persona.
Lo que a continuación anexo es tan digno, me atrevo a decir, como cualquier otra obra de las letras que haya visto la luz alguna vez.
Me atrevo a decir nuevamente por el animo exaltado dos veces insolente de sentirme leido por usted, que el siguiente relato puede compararse en su belleza a aquella magna obra que usted tuvo el tino de compartir con la humanidad, "tratado sobre la posición correcta de las piernas a la hora de cenar", obra que ni el peso entero del tiempo lograra siquiera emborronarle una coma.
Es este un relato sobre pormenores y desencuentros que tal vez logre amenizar la ardua tarea de regir un imperio sin falla alguna.
Si alguna de las palabras contenidas rozara su magnifica dignidad ofendiéndolo, encomiendo entonces mi alma a zoroastro y mi cabeza a sus verdugos."

El viaje de guibar

Guibar era juicioso y sano, tanto que levantaba sospechas. Era moneda común oir a sus vecinos arrojar mailiciosas injurias insostenibles sobre su persona.
Cuando Guibar viajó a Menfis en Egipto y regresó sin lepra, sus vecinos dijeron "ha hecho pacto con el diablo". Propusieron quemarlo por una ofensa tan grave al nombre de una ciudad que se había ganado honradamente su fama de nido de leprosos.
- Dime guibar- pregunto el mas envidioso de sus vecinos-, ¿que acaso Gador, el médico de la corte, no ha declarado nido de lepra a menfis?
- Si- dijo guibar-, así se ha pronunciado.
- ¿Como es entonces que tu estés sano habiendo regresado de aquella ciudad?
Ante esta pregunta tan llena de sutil ingenio pernisioso los vecinos que presenciaban el interrogatorio no pudieron ahogar una exclamación de triunfo. Guibar continuó removiendo su tierra donde sembraba habas y respondió tranquilo.
- Creo entonces que gador se ha equivocado.

Eso fue el colmo de lo impúdico. Una mujer que presenciaba el interrogatorio cayo desmayada, ya su madre le había advertido que Constantinopla no era la misma pero nunca hubiera creido que iba a vivir para ver el día en que un simple agricultor cuestionara publicamente al médico de la corte.
Guibar fue apresado y llevado a que le corten la cabeza en el primer turno disponible.
Por suerte para el se estaba llevando a cabo la ejecución de un carpintero que había sido sorprendido comiendo carne de cordero sin llevar zandalias. todos estos eran signos que a los sabios perturbaban, las leyes de la decencia caían en desuso y uno podía considerarse afortunado si presenciaba quince ejecucuiones en un buen día.
- ¡Pero es que me han amputado los pies hace dos años por no comer cordero un jueves!- decía el condenado- ¡¿cómo puedo llevar zandalias?!
- ¡Cesad tus herejías vil engendro!- bramó el verdugo- esta es una tierra justa y sus leyes no son otra cosa mas que el reflejo de la razón pura. ¿Es que hay alguien en su sano juicio que no sepa que el cordero no puede ser comido con las plantas de los pies haciendo contacto en tierra firme? ya lo dice el tercer libro de zoroastro "y el cordero comieron. no había tierra en sus pies". Pues entonces ya sabes.
Guibar contemplaba entristecido la escena. No tanto por el ni por el carpintero si no por el futuro de un mundo donde uno moría por no tener lepra o por no tener pies donde poner zandalias cuando tenía hambre de cordero.
- Pero sabe dios que no soy un bruto sin corazón- dijo el verdugo.
- ¡No miente!- exclamó la muchedumbre toda. Aquel verdugo había juzgado una vez a un niño que había puesto en duda la existencia de los basiliscos y se había librado de esto simplemente con un brazo menos. A partir de ese día el verdugo se ganó el apodo de "el magnánimo".
- Te diré lo que haremos. cortaré tu cabeza y si eres inocente entonces el angel de la justicia descenderá y la unira con tu cuerpo nuevamente mostrando mi equivocación.
Nada pudo haber sonado mas justo para la muchedumbre.
El verdugo levantó su hacha. El carpintero creyó adivinar un cuerpo luminoso que descendía de los cielos, no era otra cosa mas que el brillo del hacha que descendió hastá atravezar su cuello como si de trigo estuviera hecho.
guibar, el verdugo y la multitud esperaron unos segundos.
El angel de la justicia no descendió de los cielos y nadie cuestionó la culpabilidad del carpintero

Era el turno de Guibar.